“Para enseñarte, primero debo empezar por mí” Inteligencia Emocional
En
esta época en la que las escuelas hablan tanto de educar en
competencias, la más complicada (y que no aparece explícita) es aprender
a ser uno mismo. Enseñarla es una de las labores más importantes que
tenemos padres y educadores y que tiene como requisitos “formar” en
valores y en educación emocional a los más pequeños, pues ambos
aprendizajes forjan las bases del compromiso consigo mismos, cuando sean
adultos, para que sean emocionalmente sanos, sin padecer de apegos y
relaciones tóxicas con otros dentro de la sociedad.
Conseguir
que un niño con 4 o 5 años sea capaz de decirnos: “tengo un problema
papá o mamá” o “estoy enfadado” es un gran logro, pues el niño, a
diferencia de muchos adultos, ha sido capaz de:
– Aceptar que no está por encima de las circunstancias y que tiene derecho a sentirse vulnerable.
– Identificar cómo se siente y ser capaz de comunicarlo.
Estas
dos acciones que parecen tan sencillas, una vez aprendidas, podrían
evitar muchísimos dramas a niños y adolescentes, que acaban suicidándose
o haciéndose daño a sí mismos (cortes, quemaduras, consumo y abuso de
estupefacientes y alcohol, entre otros).
Permitir
a los niños y niñas, que puedan expresar libremente cómo se sienten,
bajo la cariñosa y silenciosa mirada de sus padres, sin atosigar con
preguntas, ni con golpes de voz, para que corran a decir lo que los
adultos queremos escuchar, son varios de los ingredientes para lograrlo.
Sin embargo, lo más complicado, es servir realmente de modelo de lo que
planteamos para los pequeños.
Cuando
vamos por la casa dando voces y tirando objetos, inmersos en un enfado
desregulado, o cuando nos encerramos en nosotros mismos hasta el punto
de escondernos para que los niños no nos vean llorar, porque creemos que
van a sufrir ( son muestras por nuestra parte de “no ejemplaridad”).
Para poder enseñarles, primero debemos de tener claro que debemos ser
capaces de hacerlo y aplicarlo, de lo contrario, lo que aprenderán será
el modelo del que huimos por las devastadoras consecuencias, que tienen
para ellos cuando son jóvenes y que además, serán fuente de infelicidad
en la vida adulta.
Creando un clima
en casa donde haya cabida para todas las emociones, agradables y no tan
agradables, como la rabia y la ira, les enseñamos “que aceptamos
las emociones que experimentan, sin reprimirlas, ayudándoles a
comprenderlas, y las consecuencias que tienen en ese momento en ellos el
no poder controlarlas”.
Es
muy importante apoyarlos en la “reparación del daño”, por ejemplo: si
estando enfadado, el niño ha tirado sus juguetes por el suelo, cuando ya
esté calmado, le arroparemos para que sea capaz de identificar qué
acciones ha llevado a cabo estando enfadado, a quiénes le han afectado y
cuál sería la mejor manera, para todo lo que ha alterado esté de la
mejor forma posible.
Hoy es un
juguete el que rompe o tira al suelo de su cuarto, porque es incapaz de
regular su enfado, mañana quizás, sustituya para descargar su
frustración su juguete, por un compañero de clase… un indigente en la
calle o, incluso, puede que lo haga contigo, y si tu has sido de los que
ha ido por detrás recogiendo y reparando sus daños, te darás cuenta que
nadie va a ayudarte, y lo peor de todo, tu hijo sigue sufriendo porque
es incapaz de conocer y manejar sus emociones, siendo en sí misma
víctima de su tiranía emocional.
Toda
su vida no podrás cogerlos en brazos para calmarlos, debes aprender a
ser un facilitador en su contención emocional sin que sea física, para
ayudarlos a moverse en la espiral de sus emociones.
Todo
lo que intentemos va a sumar, muy poco a poco, transmitiremos un modelo
que a lo largo de los años, les dará al menos, la posibilidad de
escoger entre ser autoconscientes o no.
No
decaigas si ya convives con la adolescencia y crees que llegas tarde,
ni tampoco te duermas, si apenas llega a los 5 años tu hijo, estos
aprendizajes se dan en toda la vida y nosotros, sus referentes, debemos
ser los primeros en dar ejemplo.
La mejor forma de enseñarles es siendo al menos cómo les pedimos.
“Aquello que para la oruga es el fin del mundo, para el resto del mundo se llama mariposa” (Lao Tse)
La mente emocional es
infantil ya que es categórica, todo es blanco o
negro, para ella no existen los grises.
Impone el pasado sobre el presente, si una situación posee alguna
característica o rasgo que se asemeje de alguna forma a un
suceso del pasado cargado emocionalmente -que suscitó en
nosotros gran emoción-, ante cualquier
detalle que considere semejante, activa en el presente los
sentimientos que acompañaron al suceso en el pasado, con el añadido de que las reacciones emocionales son tan
difusas, que no nos percibimos el hecho de que estamos
reaccionando de una determinada forma, ante una situación
que probablemente no comparta más que algunos rasgos, con
aquella que desencadenó esa misma reacción en el
pasado. Se auto justifica en el presente utilizando
la mente racional, de forma que sin tener idea de lo que
está ocurriendo, tenemos la total convicción de que
lo sabemos perfectamente.
Cada
emoción tiene su propio repertorio de pensamientos,
sensaciones y recuerdos asociados, que el cerebro percibe y emite
automáticamente sin control racional.
Así pues la
visión de la realidad se modifica en función de la
emoción que estemos sintiendo; lo que percibo no es lo
mismo si me siento furioso o enamorado.
¿Quieres causar una buena primera impresión? Tomar en
cuenta tus emociones y las de la otra persona puede ser la mejor vía
para lograrlo.
Conocer las emociones y saberse manejar en ellas es sin duda una
cualidad que no muchas personas poseen. Aunque parezca extraño, muchas
personas viven sus propias emociones con desdén o, en otro sentido, las
limitan a ámbitos muy específicos como el amor o la amistad, sin darse
cuenta de que éstas se encuentran presentes en todo momento: lo mismo en
el trabajo que al estar en la calle o cuando hacemos las tareas más
inocuas.
En este sentido, conocer a alguien por primera vez es una de esas
circunstancias en donde creemos que nuestras emociones se encuentran más
o menos apartadas o al menos bajo control. En una entrevista laboral,
por ejemplo, creemos que todo es profesional y serio; o cuando
coincidimos con una mujer o un hombre en una fiesta, igualmente asumimos
un rol en donde queremos creer que todo está predispuesto: los
intercambios, las conductas, las respuestas…
Pero no es así. Y muchas veces, cuando el encuentro no resulta en lo
que queremos o suponíamos, se debe al efecto de nuestras emociones, a
nuestro desconocimiento de la forma en cómo operan en nuestra vida y, en
última instancia, a cierto tipo de traición por parte de ellas.
A continuación compartimos 5 sencillas técnicas de inteligencia
emocional que invitan a tomar en cuenta esas emociones que se encuentran
en un primer encuentro con alguien y que inciden sobre éste.
Considerarlas es el primer paso para aprovecharlas a nuestro favor.
Demuestra entusiasmo genuino por el encuentro
Quizá nada que halague tanto a una persona como darse cuenta de que
recibe el aprecio, la consideración o el respeto de otro, incluso si se
trata de la primera vez que ambos entran en contacto. Una sonrisa
amable, gestos de cortesía o la manifestación expresa de tu alegría por
conocer a alguien puede ser una de las mejores formas de romper las
barreras que suelen rodear el encuentro con alguien desconocido que
tiene la posibilidad de adquirir importancia en tu vida.
Ofrece un elogio
Todos tenemos algo en lo cual destacamos. Si observas con atención y
sabes escuchar, seguramente lo notarás en la persona a quien conoces:
desde su estilo para vestir hasta su experiencia o los conocimientos que
posee. Los elogios, además, pueden tener el efecto de aligerar una
situación, o volver amable a quien se encuentra tenso.
Recurre a las preguntas abiertas La conversación ha tenido fama de ser un arte, y quizá esto se vuelve
más evidente cuando estamos con alguien que recién conocimos y con
quien parece que no tenemos de nada de qué hablar. Con todo, avivar una
conversación es más o menos sencillo, pues a fin de cuentas somos seres
formados doblemente por la compañía y el lenguaje, lo cual es una forma
de decir que hablar es otra de nuestras necesidades básicas. Cuando una
plática amenace con irse a pique y convertirse en monólogo, formula
preguntas cuya respuesta sea necesariamente abierta: ¿Qué te pareció?,
¿Cómo llegaste a eso?, ¿Qué aprendiste de esa situación?, ¿Qué fue lo
que más te gusto de vivir esa experiencia?, etc.
Encuentra las coincidencias
Cuando nos sentimos conectados con otros, todo fluye mejor. Puede ser
que esa persona a quien acabas de conocer también se ejercite con
regularidad, o quizá le guste un autor a quien tú también has leído, o
hayan visto ambos una misma película… Sea un hábito, un interés, un
gusto o una cualidad, es muy probable que encuentres un rasgo afín que
te permita ahondar ese vínculo que apenas comienza.
Llama a la persona por su nombre cuando te despida (¡y procura no olvidarlo!)
Recordar el nombre propio de otra
personas es una de las estrategias más sencillas para propiciar la
cercanía y, sin embargo, es una de las menos practicadas. Secreta o
abiertamente, a todos nos complace que un desconocido recuerde nuestro
nombre incluso si lo escucho una sola vez, y, en sentido opuesto, nos
decepciona un poco que nos pidan volver a decirlo. Procura poner
atención cuando una persona se presente con su nombre y emplea alguna
técnica para recordarlo: asócialo mentalmente con un personaje famoso o
una persona a quien conozcas bien (un familiar, por ejemplo), o repítelo
cuando recién lo hayas escuchado.
Los dos sentimientos básicos y complementarios en la vida de una pareja
Porque te amo, te odio
No
hay que pensar el odio como si fuera la contracara del amor, hay un
odio que va junto con el amor. Es una mezcla de amor-odio; el odio es el
sucesor del amor. Cada pareja deberá lidiar con esos dos sentimientos
fundamentales y encontrar los modos y tiempos para poder vehiculizarlos.
“Conocer
bien a alguien equivale a haberle amado y odiado, sucesivamente. Amar y
odiar equivale a experimentar con pasión el ser de un ser” J. D. Nasio
Tanto el amor como el odio son sentimientos muy primitivos,
muy básicos en la constitución del psiquismo y, por esa misma razón,
pueden ser altamente contaminados por diferentes circunstancias por la
que transcurre la vida de un individuo, y que no siempre provienen de
la pareja de turno. Pero en esta oportunidad me referiré a algunas de
las formas en que este sentimiento suele desplegarse en la vida amorosa
de las parejas.
A primera vista, tanto el amor como el odio son dos sentimientos fundamentales que hasta podríamos llamarlos complementarios.
Cada
pareja deberá lidiar con esos dos sentimientos tan básicos (además de
otros...) y encontrar los modos y tiempos para poder vehiculizarlos. Hay
culturalmente dispositivos simbólicos que prescriben y prohíben las
maneras de expresión de dichos sentimientos. En ese sentido, les da un
marco de contención, y el odio, por ejemplo, puede llegar a quedar
despojado de su contenido destructivo. (No es lo mismo cortar una
comunicación telefónica en una discusión, que golpear al otro, o
insultarlo.)
En la clínica con parejas se comprueba constantemente la
aparición del odio hacia el otro, que puede provenir de diferentes
circunstancias: celos, desaprobaciones reiteradas, ataque a la
autoestima del partenaire, sentimientos de sentirse dominado y/o
controlado por el otro, etc.
Uno de los tantos males del “amor romántico”, que prevalece
aun en gran parte del mundo, es hacer creer a las parejas que se puede
convivir en un constante o casi permanente clima de armonía, donde fluya
la corriente amorosa de manera ininterrumpida, creando, de esa manera,
una expectativa falsa que luego se traduce en frustración y malestar al
no poder cumplir con ese ideal. Lo corriente es que se llega a sentir no
sólo odio sino también dolor.
Hasta podríamos llegar a afirmar la necesidad de un “odio
funcional” en las parejas. Es que, a través de él, sin que los
participantes sean muy conscientes de ello, logran diferenciarse,
adquieren autonomía. Este odio funcional es también el encargado de
producir, de tanto en tanto, distanciamientos, que suelen ser muy
necesarios y beneficiosos para la supervivencia vincular. Las parejas
denominadas “simbióticas” sufren, precisamente, si perciben ese
distanciamiento, y es por ello que podemos señalar un empobrecimiento
vincular.
El odio tal vez está más cerca del deseo que el amor. Cuando
se desea y el objeto de deseo se rehúsa, sobreviene el odio. Pero
también la distancia que genera el odio con el objeto amado favorece la
emergencia del deseo. Parece paradojal, pero es necesario muchas veces,
que se produzca ese intervalo, esa “hiancia”. Del desencuentro al
encuentro hay un resurgimiento del deseo. Por eso muchas parejas
incrementan más su deseo en la reconciliación de una pelea cotidiana.
Otras, usan la pelea como mecanismo constante para luego producir buenos
encuentros sexuales.
Entre dichos y frases...
El odio es el caudillo del cambio. Mientras que el amor
es el patrono de la estabilidad. Del odio al amor hay un paso, del amor
al odio un instante. El amor y el odio no son ciegos, sino que están
cegados por el fuego que llevan dentro... No se odia mientras se
menosprecia. No se odia más que al igual o al superior.
Friedrich Nietzsche
El hombre que ha perdido la aptitud de borrar sus odios está viejo, irreparablemente.
José Ingenieros
Se está acabado, se es un muerto en vida, no cuando se
deja de amar, sino de odiar. El odio conserva: en él, en su química,
reside el “misterio” de la vida. Por algo es el mejor tónico nunca
encontrado, tolerado además por cualquier organismo, por débil que sea.
Cioran
L’ “hainamoration” (Lacan). ¡¡Te amo de la manera más repugnante, te odio hermosa y deliciosamente!! El más grande amor acaba en el odio.
Borges decía: “No nos unió el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto”.
Soledad. Perdí la luz de tus ojos, dejé de mirarlos al
amanecer. En vano mi mano recorre tu espacio en la cama y sólo encuentra
el frío de tu ausencia en las sábanas. Te odio cuando no estás. El
onceavo mandamiento: odiarás a tu prójimo como a ti mismo.
Mara Echeverría
El odio en psicoanálisis
Para el psicoanálisis, el odio es una pasión del sujeto que
busca la destrucción de su objeto. Pero hay una diferencia fundamental
entre el odio como desvelamiento del saber y el odio como rechazo del
ser. El primero puede dar lugar a la lucidez que hace progresar el
saber, mientras que el segundo apunta ciegamente a la destrucción del
otro. Lacan hablaba de las tres pasiones del ser: amor, odio e
ignorancia. Para S. Freud el odio es un hecho clínico fundamental. De él
esboza el origen psíquico y las consecuencias sociales. Junto con el
amor, las llama “las fuerzas maestras desplegadas por el yo en su lucha
con el mundo externo, a fin de afirmarse, conservarse y sobrevivir”.
El sujeto odia, detesta y persigue, con la intención de
destruir a todos los objetos que son para él una fuente de displacer,
inclusive las figuras familiares más cercanas (padre, madre, hermanos…).
La relación con el mundo exterior extraño, que aporta excitaciones,
está marcada entonces por este odio primordial. Forman parte de esa
exterioridad extraña todos los objetos sexuales cuya presencia o
ausencia el sujeto al principio no domina. La obligación convencional de
amar al prójimo provoca la represión de los pensamientos de odio y, a
menudo, suele reaparecer disfrazado en los sueños como la muerte de
seres queridos.
No nos olvidemos que para Freud el odio al padre está en el
origen de la ley simbólica de la interdicción, es decir, del lazo
social. Freud insiste también en la tendencia natural del hombre a
la maldad, la agresión, la crueldad y la destrucción, que viene del odio
primordial y tiene incidencias sociales desastrosas. Pues el hombre
satisface su aspiración al goce a expensas de su prójimo, eludiendo las
interdicciones. Explota sin resarcir, utiliza sexualmente, se apropia de
los bienes, humilla, martiriza y mata. Como debe renunciar a satisfacer
plenamente esta agresividad en sociedad, le encuentra un exutorio en
los conflictos tribales o nacionalistas.
Lacan destaca, sobre todo, la dimensión imaginaria del odio
según dos registros distintos: el odio celoso y el odio del ser. El
hermano, la hermana y más en general toda persona rival son objeto del
odio celoso. En el paranoico permanece este odio de la imagen del otro
sin acceder al deseo. Es el doble, el perseguidor que conviene eliminar.
Todos, de alguna manera, atravesamos alguna vez en nuestra vida
momentos en donde deberíamos eliminar a nuestro “competidor”.
En su otra vertiente, el odio tiene un lazo profundo con
el deseo de saber. Para Freud, nuestro placer y nuestro displacer
dependen en efecto del conocimiento que tenemos de algo real tanto más
odiado cuanto que es desconocido. Lo real es entonces sobrestimado por
la amenaza que representa. El odio participa así de la inventiva del
deseo de saber.
La alternancia de odio y amor... esa “enamorodiación”
“El odio es, en su relación con el objeto, más antiguo que el amor.”
S. Freud
El odio puede ser un sentimiento lúcido. Es una emoción
causada por todo aquello que incita al alma a separarse de lo que puede
resultar perjudicial. Descartes decía que todas las pasiones pueden ser
provocadas en nosotros, sin que nos percatemos en absoluto de si el
objeto que las causa es bueno o malo. Pero cuando una cosa nos parece
buena con respecto a nosotros, es decir, conveniente para nosotros, eso
nos hace tener amor por ella; y cuando nos parece mala o perjudicial,
eso nos excita al odio. Algo parecido decía B. Spinoza.
Y además, podría afirmarse que habría dos clases de odio:
una especie referida a las cosas malas y otra a las feas, esta última
puede llamarse horror o aversión.
“El primer dolor despierta el primer odio”. Así como el niño
ama a quienes les deparan placer, odia a quienes tratan de impedírselo.
La sustracción de placer se transforma en dolor, y éste, en odio. Para
W. Stekel, seguidor de Freud, si bien a primera vista el amor constituye
la fuerza central de la existencia, el odio es en realidad el motor de
todo acaecer. Se dice “No hay amor sin odio”, frase más fácil de
entender que “No hay odio sin amor”.
La ambivalencia ha sido otra vertiente de acceso a la
comprensión de este sentimiento. La mudanza de la pulsión en su
contrario se da en la transposición del amor en odio, que con frecuencia
se presentan dirigidos al mismo objeto en forma simultánea. Este
concepto fue elaborado por E. Bleuler y retomado luego por K. Abraham y
por S. Freud. Bleuler consideró la ambivalencia en tres terrenos.
Volitivo: por ejemplo, el individuo quiere al mismo tiempo comer y no
comer; intelectual: el individuo enuncia simultáneamente una proposición
y su contraria; afectivo: ama y odia en un mismo movimiento a la misma
persona. Considera la ambivalencia como uno de los síntomas cardinales
de la esquizofrenia, pero reconoce la existencia de una ambivalencia
“normal”. Decía Bleuler que “el sujeto normal siente dos almas en su
pecho: teme un acontecimiento y lo anhela al mismo tiempo”. Se podría
decir, también, que es un conflicto motivacional que se produce cuando
el sujeto es simultáneamente atraído y repelido por la misma meta o
deseo. Para M. Klein, era la descripción de un fenómeno evolutivo del
desarrollo, que permite al niño comenzar a captar lo contradictorio y a
estructurar los procesos de simbolización. Es un proceso de integración
de lo bueno y lo malo en un solo objeto.
La ambivalencia se descubre, sobre todo, en determinadas
enfermedades (psicosis, neurosis obsesiva), así como en ciertos estados
(celos, duelo); y caracteriza algunas fases de la evolución de la
libido, en las que coexisten amor y destrucción del objeto (fases
sádico-oral y sádico-anal).
El odio puede adquirir un carácter erótico, garantizando la
continuidad del vínculo amoroso. También hay odio en la ruptura amorosa:
desde el lugar donde estaba el goce, en eso que fue perdido, parte el
odio. Un odio intenso luego de un amor intenso. Un amor al cual se le
deniega la satisfacción y se torna en odio. De esto no se salva ni el
más grande amor. Freud también observa en el sentimiento de culpa, la
expresión de un conflicto, de una lucha entre Eros y la pulsión de
destrucción.
Lacan habló del amor y el odio, como de la ignorancia,
diciendo que se trataba de las pasiones del ser, lo que quiere decir que
son afectos efectos de la falta de ser. Ha desarrollado la idea de que
el amor, el odio, la ignorancia, surgen, son afectos generados por la
falta de ser que el sujeto percibe en sí mismo.
Como bien resume C. Soler: el amor es una relación al Otro
no como simple lugar del lenguaje, pero el Otro marcado con una falta
también. Es decir que el amor se instaura en una relación de una falta a
otra falta. La falta de ser del sujeto y la falta de ser del Otro. El
sujeto se establece entonces por esa carencia: el deseo vaga entre los
objetos, sin alcanzar un objeto último que lo colme. Ser sujeto supone,
por tanto, vivir en una falta constante, en una hiancia (hiancia:
brecha, abertura, grieta, orificio...)
En cuanto al odio, no hay que pensarlo como si fuera la contracara del amor, hay un odio que va junto con el amor, (sería odio-enamoramiento, u odioenamoración).
Es una mezcla de amor-odio, en cuanto el amor decepciona, desilusiona.
Pero Lacan siempre ha sostenido que el odio, el odio verdadero, no es el
revés del amor. Nos señala: “el verdadero amor desemboca en el odio”
Eso no dice que el odio es la otra cara del amor, eso dice que el odio
es el sucesor del amor, no es lo mismo.
Si la relación de sujeto a sujeto mueve al amor, la relación
de ser a ser conduce al odio porque se dirige al goce. Su goce (el del
otro/a) nos excluye, nos deja afuera. Cuando entra en escena el goce de
cada uno, se rompe toda ilusión de compañía. Y además, el odio es un
sentimiento más estable y radical que el amor porque no depende de un
discurso que lo sostenga. Por esa razón Lacan creó el neologismo odioenamoramiento,
para indicar ese punto crucial de reversibilidad del amor en odio que
transforma al partenaire en algo insoportable. Todo aquello que en algún
momento anterior nos fascinaba de la otra persona, puede tornarse en
insufrible y odiado.
Ocurre, a veces, que odiamos a aquel que amamos cuando se
nos ha convertido en algo necesario, y ese sentimiento de dependencia
vital nos lleva inevitablemente hacia el odio.
En las religiones también podemos apreciar esa mezcla entre
el odio y el amor. A pesar de que declamen como valor supremo al amor,
la crueldad y la intolerancia está siempre lista a aparecer frente a
aquellos que no compartan esa creencia (fe) que aglutina. Además la
historia tiene infinitos ejemplos de odio y muerte en nombre de la
“defensa religiosa” e implantación de un credo.
Sería injusto cerrar este artículo sin referirme al binomio
amor y misoginia que prevalece en todas las culturas patriarcales, que
ha ocasionado la opresión de la mujer y a veces hasta la muerte de
ellas, de esas mismas que alguna vez vieron en su victimario al “amor de
su vida”.
“...millones de mujeres maltratadas por posesión y
expropiación, por amor o por celos, torturadas y sometidas a violencia
sexual, física, psicológica, económica o patrimonial en su casa, en la
calle, en su comunidad, en torno de su escuela o su trabajo”.
Con mucha agudeza, Carmen Gallano compara el odio al otro
sexo con el odio racista, el que no tolera la diferencia, al inmigrante,
a lo extranjero.
Quizás en la pareja humana, la extrañeza del goce del otro,
en su radical diferencia, sea la puerta que abra la instalación del odio
por el otro.
Los
coaches invaden empresas, la televisión y la educación, entre otros
ámbitos. Infobae dialogó con una especialista para determinar de qué se
trata la profesión, cuáles son sus características y quiénes pueden
realizarla
Las
personas que están en procesos de transición, o momentos bisagra tanto
en su vida personal como laboral se benefician muchísimo con el
acompañamiento de un coach
La palabra "coach" apareció de un día para otro y se instaló. Sus usos
son múltiples, se puso de moda en la tele, en las empresas, en los
grupos de baile y, pareciera, que cualquiera puede "coachear".
Infobae dialogó con Laura Szmuch, entrenadora en Programación
Neurolingüistica (PNL) y coach ontológica del modelo transformacional,
para comprender de qué se trata la profesión, cuáles son sus
características y quiénes pueden realizarla.
1. ¿Qué es y qué hace un Coach?
Utilizamos
la palabra coach para referirnos a una persona que, con una preparación
que lo habilita, acompaña a otro a conseguir el logro de sus objetivos.
En televisión hemos visto a los famosos coaches de baile, por ejemplo.
En este caso nos estamos refiriendo a otro tipo de profesional, que
después de haber pasado por una formación, dispone de distinciones,
metodología y herramientas para apoyar y motivar a una persona que lo
consulta.
La
espacialista, que además posee un Magister en Psicología cognitiva y
aprendizaje, sostuvo que hay diferentes tipos de coaching en relación al
tipo de formación que tiene el profesional: algunas se basan en el
coaching ontológico, otras en el coaching con PNL (Programación
Neurolingüística), por ejemplo. Y
también hay diferentes formas de hacer coaching, dependiendo de a qué se
dedique el coach: existe el coaching organizacional, el laboral, el
educativo, y el coaching de vida, entre otros.
2. ¿Qué no es el coaching?
El
coaching no es terapia. Cuando el coach detecta que la persona que lo
consulta necesita pasar por un proceso terapéutico es esencial sugerirle
que busque otro tipo de profesional. El coach no está capacitado para
trabajar con psicopatologías. Una actitud responsable es pedirle a la
persona que consulte con alguien que pueda ayudarlo y sostenerlo cuando
se requiera.
Entre otras cosas, un coach ayuda a cuestionar creencias limitantes
Coaching no es lo mismo que consultoría. Un consultor es un experto en determinado tema que asesora a quien lo consulta. El
coaching no apunta al estrellato del coach. El protagonista es siempre
la persona que consulta, nunca el profesional. El coach es quien
sostiene y acompaña a otro, no es el foco de atención. Coaching no es capacitación, aunque un coach puede ser capacitador.
3. ¿Por qué se contrata a un Coach, qué beneficios aporta?
En
el caso del coaching de vida, una persona consulta a un coach cuando
quiere un cambio en algún ámbito de su vida y no sabe cómo hacerlo. Ya
sea porque ha perdido sus sueños de vista, o porque no se da cuenta de
qué pasos dar para lograr lo que desea, un coach puede ayudar a esa
persona a salir del espacio mental en donde se quedó encerrado y a ver
la abundancia de posibilidades que no ha podido percibir todavía.
En
el caso del coaching en el ámbito laboral, muchas veces las empresas
contratan a coaches para que acompañen a sus colaboradores en
transiciones, cambios de puesto, estilo de liderazgo, manejo del estrés,
y muchos otros temas.
4. ¿Quiénes contratan un Coach y por qué?
Las personas que están en procesos de transición, o momentos bisagra
tanto en su vida personal como laboral se benefician muchísimo con el
acompañamiento de un coach. Un coach ayuda a cuestionar creencias
limitantes, a cambiar la forma en que se están interpretando las
situaciones, a encontrar recursos internos, a tener el coraje de iniciar
nuevas acciones.
La relación de coaching es una relación fuerte y poderosa que se enfoca
en el saber, tener, hacer y ser lo que el coachee desea. Un coach
provee una estructura simple y a la vez efectiva para asistirlo para
avanzar en áreas significativas de su vida: carrera, salud, romance,
crecimiento personal, educación, espiritualidad, diversión y recreación,
ambiente físico, amigos, familia, negocios entre otras.
Entre otras cosas, un coach ayuda a cuestionar creencias limitantes
5. ¿Como sé que necesito un coach? ¿Para qué voy a ir?
La primera señal para decidir un empezar un proceso de coaching o
solicitar una conversación o sesión de coaching es no poder resolver
algo solo. A veces una charla con un amigo es suficiente, sin embargo,
un amigo carece de las distinciones y de la habilidad de hacer preguntas
que ayudan a pensar y a tomar decisiones por uno mismo. Un
coach puede mostrar otra forma de ver e interpretar una situación, sin
embargo, rara vez va a opinar, aconsejar o decir qué hacer. Un
coach orienta el pensamiento con preguntas desafiantes, y siempre cuida y
respeta al coachee. El coach ayuda a percibir lo que el coachee no pudo
solo, y lo acompaña en el diseño de un plan de acción para llegar hasta
donde desee llegar.
6. ¿Cómo son las sesiones? ¿Cuánto dura el proceso? ¿Qué herramientas utiliza el Coach?
Esto depende de lo que la persona necesite, o del estilo de cada coach.
Generalmente un proceso de coaching no dura mucho tiempo. Muchas veces
una sola conversación es suficiente para que la persona se dé cuenta de
lo que necesitaba modificar para lograr lo que deseaba. El coach dispone
de muchas herramientas, y estas varían de acuerdo al tipo de formación
que tenga el coach. Sin embargo, lo que la mayoría tienen en común es el
uso de preguntas.
7. ¿Para qué hace tantas preguntas?
Las preguntas bien hechas y planteadas son grandes disparadores de
procesos de pensamiento. Cuestionan las limitaciones autoimpuestas y
reorientan a una persona a encontrar otras formas de percibir y, por
ende, de actuar.
8. ¿El coaching crea dependencia? ¿Es una moda?
Bien hecho, el coaching nunca debería crear dependencia, ya que apunta a
la autonomía del coachee. El coach busca empoderar, a que las personas
puedan utilizar sus recursos internos y a ser responsables por sus
decisiones y resultados. El coaching tiene resultados muy positivos, y
si es o fue una moda, ya está para quedarse porque probó ser muy
efectivo.
El coach ayuda a encontrar la clave de algunos aspectos que parecen imposibles
9. ¿Qué características o estudios debe tener un buen coach? ¿Cualquier persona puede serlo?
Antes que nada, el coach debe estudiar para serlo. Debe tener una
certificación que avale su capacitación. Cualquier persona con buena
onda no se puede poner a "trabajar de coach", porque le falta la
preparación cuidadosa y necesaria para poder orientar a otra persona con
respeto y profesionalidad. Un curso de coaching no es lo mismo que una
formación en coaching. El curso generalmente está orientado a la
adquisición de herramientas para el logro de los propios objetivos, pero
no habilita a practicar el coaching profesionalmente.
Un buen coach es una persona enfocada en ayudar a otros a liberar tu
potencial y acompaña en el camino del máximo rendimiento. Apoya en el
logro de objetivos, cuestionando limitaciones, preguntando, haciendo
pensar. Motiva a descubrir los valores del coachee y lo estimula a
honrarlos a través de acciones concretas. Un coach escucha, y alienta a
soñar y a hacer realidad los sueños. El coach desafía y empuja
amorosamente para que las personas den lo mejor de sí mismas. El coach
mueve a las personas a ser consciente de lo que perciben como
posibilidades, y lo que perciben como limitaciones, mostrando que
siempre hay otra manera de ver las cosas.
10. ¿En el coaching existe el secreto profesional?
Absolutamente. Todo lo que se habla con un coach es estrictamente confidencial.
Todo lo que silenciamos nos enferma. Pautas para evitar somatizar.
"Esta situación me desgarra, me
come las tripas, me pone muy triste, ¿sabés? Pero no puedo, no puedo
digerirlo. No soporto la distancia con mis hijos, yo decidí separarme de
la madre, el no tener la cotidianeidad con ellos no puedo tolerarlo.
Los extraño, los extraño mucho".
El que habla es un
hombre de 45 años que se quiebra y llora, llora como un niño, grandote y
barbudo como es, enfrente mío, un hombre–niño llora su dolor.
Marcelo (así lo llamaré) se
divorció hace menos de un año. Estoico, positivo, sensible pero duro, se
resistía a hablar de su padecer. Su cuerpo, sin embargo, lo hacía por
él. Trastornos del sueño, palpitaciones y, sobre todo, un cuadro intestinal agudo
del que habían descartado cualquier tipo de origen orgánico. Lo que se
conoce como intestino irritable, diversos malestares que por diagnóstico
diferencial y por descarte, queda ubicado en el plano emocional.
Pasan
varias semanas en las que continua hablando, hasta que un día de lluvia
y frío trae dos chocolates (venían muy bien en un día como ese). Uno
para él, el otro como agradecimiento para mí. “Mi panza es un violín",
dice y la sonrisa se le escapa de la cara. "Lloré tres días seguidos y
dormí, descansé como hace mucho no podía. Y la panza, una maravilla,
comí lo que quise y abracadabra, ni una molestia". Marcelo pudo,
finalmente, empezar a digerir lo doloroso.
Todo lo que callamos, absolutamente todo lo que de alguna u otra manera silenciamos, nos enferma. Y cuando la palabra se hace presente ¡magia! O no tanto, pero el cuerpo se aquieta.
No
quiere decir, de ninguna manera, que no nos duela lo mismo, pero en el
lugar donde debe doler. Y podemos empezar a hacer con nuestra angustia
algo productivo. Podemos procesarla, masticarla, hacerla cada vez un
poco más liviana y, lentamente, sin más apuro que el tiempo lógico de la
elaboración, dar vuelta la página.
El ser humano es uno, somos
mente y cuerpo, soma y psiquis, carne y emociones, cuero y sueños. Y lo
lindo que vivimos se entrelaza con lo doloroso. De la misma manera por
la que vibramos con lo maravilloso del vivir, que nos conmovemos y
sentimos cosquillas en el alma cuando nuestros deseos se cumplen, de
igual forma reímos hasta llorar, o lloramos hasta, más luego, poder
empezar a reír.
Desconocer la relación entre las
enfermedades y el dolor psíquico es casi tan insensato como escalar una
montaña descalzo y de espaldas. Se ensamblan, se entrelazan. Nos ponemos
nerviosos y nos duele la panza antes de dar exámenes. Tenemos
palpitaciones antes de que nuestro equipo patee el ultimo penal de la
serie. Nos falta el aire antes de decir el primer “te amo”. Nos tiemblan
las piernas cuando está por nacer nuestro hijo. Se anudan garganta,
pecho y estómago cuando la emoción nos invade.
Si a cada una de estas manifestaciones corporales sigue el correlato del decir y la descarga saludable, el ciclo se cierra.
Si podemos ponerle palabras a nuestros nervios y decir simplemente
“estoy muerto de miedo”. Si gritamos el gol eufóricos luego del penal, o
tristemente nos abrazamos buscando consuelo con el compañero de tablón
por la pelota rifada arriba del travesaño. Si lloramos mirando la
maravilla de la vida cuando finalmente nuestro pequeño ve la luz fuera
del vientre. Y así en cada uno de los ejemplos que podamos pensar e
imaginar.
Si ponemos la palabra por delante, si nos permitimos no taponar lo que sentimos, ahí el circuito de la carga-descarga–relajación se cumplirá. Y no enfermaremos y pasaremos por los estadíos por los que tenemos que pasar, y las emociones tendrán salida.
Si a cada estimulo de
importancia, si cada suceso relevante en nuestra vida tiene como
correlato la salida de la emoción que genera, tenemos grandes chances,
enormes posibilidades de enfermarnos menos, mucho menos.
Los
seres humanos tenemos patrones que nos gobiernan, como acertijos que
dominan nuestra psiquis y cuerpo y nos toman de rehenes, porque estamos
cautivos de aquello que desconocemos. Cuadros de angustia (a veces mal
llamado ataques de pánico) frente a determinadas situaciones, temblores
en los espacios abiertos, sudor frío frente a la presencia de la
autoridad, una opresión angustiosa en el pecho ante la mirada crítica de
quien queremos que nos avale, y podemos seguir la lista. Todas viñetas
en donde el cuerpo se pone como coraza, habla sin saber que dice,
y de eso se trata, de darle letra para que entienda. Y entonces, la
angustia, los temblores, el sudor, la opresión en el pecho, no tendrán
razón de ser.
Podremos desarrollar herramientas y mecanismos para evitar estos “atajos” que son síntoma de lo no procesado.
Que levante la mano la tristeza
Tenemos miedo a la tristeza, tiene mala prensa. Es mejor estar
contento, claro está, quien podría negarlo. Tenemos la fantasía que si
hablamos de aquello que nos entristece la tristeza será mayor. Terrible
error: por el contrario, cuando habilitamos a través de la palabra la
salida de la angustia solo abrimos dique para que desagote aquello que
se encuentra estancado.
El aparato psíquico (y me
habilito una metáfora burda pero clara) es como una cañería, y las
emociones el líquido que por él debe fluir: si se atasca, es sarro y taponamos arterias, canales digestivos, respiratorios, calles y avenidas principales de nuestro cuerpo. Como decía el poeta, “nos queda la palabra”.
Las rutas principales de la somatización
Hay tres canales por excelencia en el proceso de las enfermedades
psicosomáticas. Ya hablamos de una de ellas con el ejemplo de Marcelo,
las que afectan el aparato digestivo.
Un médico amigo me
explicaba en una ocasión que el intestino es como cuerdas, se relaja si
estamos distendidos, se tensa a menudo si así nos encontramos. Un
altísimo porcentaje de los trastornos digestivos son de origen
emocional. Una de las patologías más frecuentes en consultorio tiene
relación con esta parte compleja y sensible de nuestro cuerpo. El órgano más extenso del ser humano, la piel, es otra de las vías por excelencia destinada a decir lo que no podemos.
Muchas imágenes ilustran esto: "me brota", "me da urticaria", "me pone
la piel de gallina" y cada uno de los lectores puede pensar qué de su
piel se activa ante diferentes emociones.
Las vías respiratorias es el
tercer vértice del triángulo. Los trastornos asmáticos tienen una
clarísima relación con aspectos subjetivos no procesados ni resueltos.
El psiquismo, maquinaria perfecta
Tiene
37 años, vivió los últimos diez al lado del “amor de su vida” como
solía repetir. Repentinamente, él decide marcharse, sin más razón que el
“dejé de amarte”. Devastada, no puede llorar, perpleja, paralizada,
furiosa y decepcionada. Repetía incesantemente "no puedo vivir sin vos,
no soporto estar así, sin vos la vida no tiene sentido".
Lo
decía por audio en su teléfono, lo escribía en un cuaderno, en sus
sesiones de terapia, lo decía y no reaccionaba, ni una sola lágrima
rodaba por sus mejillas. Y tal fue la fijación a la idea de que sin VOS no podía vivir, que un día amaneció, efectivamente, muda, se había quedado, como la profecía anticipaba, sin VOZ.
En
lo más profundo de su cabeza, en los confines de su imaginario, el VOS
se hizo carne, se hizo síntoma, se hizo silencio. El llanto no llorado
la enmudeció y estuvo más de 20 días sin poder decir palabra, hasta que
habló y lloró todas las lágrimas que había guardado en la negación de la
partida de su hombre. Lloró y empezó a vivir una vez más.
No quiero olvidarme, en cierta
franja de la vida, de las enfermedades cardiovasculares. Si de sufrir
por amor se trata, podemos tener el “corazón roto”. Y el corazón a veces
se rompe literalmente si sobredimensionamos la pérdida el ser
amado.“Nadie muere de amor” dice el refrán y así debiera ser si damos
por la ruptura lo que la ruptura vale.
Lo que no nos mata
nos fortalece, pero el fortalecimiento a menudo es caro si pasamos por
mecanismos de defensa en lo que nos atrincheramos, disociamos, negamos,
nos empecinamos en afirmar que no, que no puede ser. Aceptar la brecha
entre lo ideal y lo posible nos ayuda a crecer. Y crecemos toda la vida,
si es posible, si nos permitimos, lidiar con la difícil idea de que las
cosas no son, claro que no, siempre como queremos. Enojarnos, patalear,
enfermarnos, nos empequeñece. Si entendemos, relativizamos y miramos
hacia adelante, las nubes son cada vez más claras, y la luz cada vez más
nítida.
Algunas claves para enfermar menos
Pedir ayuda
Muchas
veces pensamos que estamos solos, que a nadie podemos contar nuestro
sentir. En la gran mayoría de los casos esto no es así. A menudo por
pudor, frecuentemente por un orgullo desmedido, soportamos estoicamente
mucho más de lo prudente. Pedir ayuda sabiamente es un antídoto para el
enfermar y sobretodo, para el sufrimiento estéril, ese que podemos
elegir.
En la vida habremos de sufrir (es parte de ella),
pero hay una porción que tiene que ver con este cuerpo parlante que
dice lo que callamos, que depende, una vez más, afortunadamente de
nosotros.
Es importante elegir en quien confiar: hay
amigos e interlocutores válidos para cada uno de los problemas que nos
atraviesen, compartir el malestar es menester.
Prevenir, escucharnos, anticipar
Cuanto
más temprano podamos detectar aquello que nos lastima, obstruye, que
simplemente nos duele, más pronto podremos ponerlo en caja y prevenir
que pase del lado del cuerpo.
Claro está que una vez que
lo patológico se ha instalado en lo orgánico, será la medicina la que
tendrá que intervenir, tratando lo que en muchos casos es la
sintomatología de lo no dicho que nos ha enfermado. Mientras tanto,
podemos (debemos, diría yo) poner palabras a tiempo para que el malestar
circule, transite, y salga quizás dolorosa, pero saludablemente.
El silencio, el callar, nos resta, nos empequeñece. Decir a tiempo, mirar para adentro, nos cuida, nos protege, nos alivia.
Así
de sencillo, así de complejo. Los invito entonces a amasar palabras
para construir una vida lejos de los dolores innecesarios, y más cerca
de las emociones genuinas.
Nota del diario Clarin *Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni y coautor de Padres a la obra.
La lectura es un ejercicio fundamental que va más allá del aprendizaje del lenguaje. Se trata de la posibilidad de desarrollar la empatía y de comprender nuestros sentimientos. Leer es toda una experiencia emocional.
Es una sala de simulación casi infinita, un tobogán a nuevas situaciones, sensaciones y experiencias; un lugar de aprendizaje en el que comprender las emociones, ponerse en la piel de otros, ser miles de seres. Un ejercicio mágico de empatía. Los avances en neurociencia apuntan que se trata de un buen hábito para mantener en forma las capacidades mentales y por ende nuestro cerebro. Es además un gozo.
"La lectura y la literatura son eminentemente emoción, cuando las personas leen obras literarias lo que viven son experiencias emocionales. De ahí la importancia de insistir a las familias para que estén leyendo cuentos, ya que en estos cuentos, además de pasárselo bien, siempre hay una lección de vida, una lección ética, moral, de bienestar, de convivencia, de comprensión, de solidaridad", explica Rafael Bisquerra, director del posgrado en Educación Emocional y Bienestar de la Universidad de Barcelona.
"La lectura y la literatura son eminentemente emoción, cuando las personas leen obras literarias lo que viven son experiencias emocionales. De ahí la importancia de insistir a las familias para que estén leyendo cuentos, ya que en estos cuentos, además de pasárselo bien, siempre hay una lección de vida, una lección ética, moral, de bienestar, de convivencia, de comprensión, de solidaridad", explica Rafael Bisquerra, director del posgrado en Educación Emocional y Bienestar de la Universidad de Barcelona.
¿Sufre nuestra sociedad de analfabetismo emocional?En gran parte. La vida moderna nos hace estar más centrados en latecnología, estar más presionados, y nos quita tiempo para estar tranquilos y reflexionar, un aspecto fundamental para potenciar la conciencia de uno mismo.
¿Perdemos mucho tiempo embobados con la tecnología?Nos quita tiempo que podríamos destinar a estar con la gente que queremos y por la que nos preocupamos, y así potenciar nuestra inteligencia social. Por este motivo, pienso que la sociedad está afectada por el analfabetismo emocional.
¿Por qué es tan importante que los niños aprendan a manejar sus emociones?Para que sean seresemocionalmenteinteligentes. Los niños aprenden la inteligencia emocional en la vida real, especialmente cuando son jóvenes. Es importante que aprendan a relacionarse y a manejar las emociones negativas a través de sus padres, hermanos o amigos.
¿En qué consisten los programas de alfabetización emocional?Lo que llamamos programas deaprendizajeemocional y social en los Estados Unidos es una manera de ayudar a los niños a recibir lecciones básicas sobre inteligencia emocional. Este conocimiento les ayudará tanto en el trabajo como en la vida, e incluye la potenciación de la autoconciencia, la autorregulación, la empatía, las habilidades sociales…
Habilidades necesarias para relacionarse…Imprescindibles, pero que no se encuentran en un plan de estudioescolarordinario, aunque a lo largo de la vida son cada vez más importantes para tener plenitud y éxito.
¿Cuándo se deben empezar a enseñar estas habilidades?Los mejores cursos son los que se desarrollan desde muy pequeños y hasta que los estudiantes están listos para ir a la universidad. Estos aprendizajes se basan enestrategiasde involucración de los estudiantes y las familias, aunque también sirven de ayuda a los profesores para que incorporen estas habilidades.
Si los programas de alfabetización social y emocional están obteniendo tan buenos resultados, ¿por qué no se incluyen en los planes de estudios?El mundo académico ha estado siempre centrado en las capacidades intelectuales y de razonamiento, y la emoción se considera una interferencia, algo que no resulta útil para la comprensión de los contenidos académicos.
Pero son igualmente importantes.No incidir en las emociones es una percepción anticuada, ya que cuando mejor entendemos cómo funciona el cerebro, obtenemos más información que corrobora que el estado de nuestras emociones es, en realidad, el que determina la capacidad para razonar y aprender.
Por lo tanto, son indispensables para el aprendizaje de los estudiantes.Ahora los especialistas científicos sobre el cerebro nos dicen que tenemos queayudara los estudiantes a estar mejor preparados en el manejo de sus propias emociones, para conseguir mejores resultados de aprendizaje.
¿Qué importancia tiene que los jóvenes aprendan a focalizar?Es absolutamente crucial, tal y como explico en el libroFocus. La capacidad básica es prestar atención a lo que es importante e ignorar lo que es irrelevante. De esta manera podemos concentrarnos en una meta y seguir trabajando hacia ese objetivo, a pesar de los obstáculos y distracciones con las que nos encontramos.
¿Cuáles son las ventajas de aprender a focalizar para la sociedad futura?Hay un enorme desafío para la sociedad en mantener agudas nuestras habilidades de atención, incluso al sumergirnos en el mar de distracciones que suponen el entorno digital y sus dispositivos. Hace años, cuando nos adentrábamos en una buena lectura y nos perdíamos con las historias del libro era más fácil concentrarnos.
Nada conseguía distraernos ante las páginas de un buen libro…Ahora los niños tienen que enfrentarse a una distracción tras otra y creo que este es un argumento suficientemente potente para ayudarles a potenciar sus habilidades de atención como parte fundamental de la educación.
¿Cómo pueden los profesores enseñar a los niños a prestar atención?Existen muchosmétodos. Uno de ellos tiene que ver con una experiencia llevada a cabo con niños de 7 años de Harlem. Procedían de barrios muy pobres y circunstancias muy dramáticas, pero con una sesión diaria sobre “respiración”, se acostaban boca arriba con su animal de peluche favorito en el vientre, contaban 1-2-3 al ritmo de su respiración, y conseguían fortalecer los circuitos cerebrales de la atención. Cuantos más ejercicios de este tipo realicemos, más fuerte se hace la focalización.
¿Cuál debe ser la misión actual de un profesor?La misión del profesor consiste en ayudar a sus alumnos a convertirse en mejores estudiantes con el objetivo de que aprendan mejor, enseñándoles lashabilidadesbásicas de la atención, para que puedan gestionar adecuadamente sus propias emociones destructivas y resistir las distracciones impulsivas.
Objetivos antes olvidados…Esto quiere decir que el plan de estudios social y emocional debe formar parte de la misión de educar a los estudiantes por parte de los profesores.
¿Y qué papel deben jugar los padres en el proceso de aprendizaje emocional de sus hijos?Los padres son los primeros tutores de sus hijos en cuanto a la inteligencia emocional se refiere. Los niños aprenden mucho de sus padres y este aprendizaje les sirve de base a lo largo de su vida. Lo mejor que los padres pueden hacen por sus hijos es ser seres emocionalmente inteligentes.