marzo 08, 2017

Cuando el cuerpo habla lo que la palabra calla

Todo lo que silenciamos nos enferma. Pautas para evitar somatizar.


"Esta situación me desgarra, me come las tripas, me pone muy triste, ¿sabés? Pero no puedo, no puedo digerirlo. No soporto la distancia con mis hijos, yo decidí separarme de la madre, el no tener la cotidianeidad con ellos no puedo tolerarlo. Los extraño, los extraño mucho".
El que habla es un hombre de 45 años que se quiebra y llora, llora como un niño, grandote y barbudo como es, enfrente mío, un hombre–niño llora su dolor.


Marcelo (así lo llamaré) se divorció hace menos de un año. Estoico, positivo, sensible pero duro, se resistía a hablar de su padecer. Su cuerpo, sin embargo, lo hacía por él. Trastornos del sueño, palpitaciones y, sobre todo, un cuadro intestinal agudo del que habían descartado cualquier tipo de origen orgánico. Lo que se conoce como intestino irritable, diversos malestares que por diagnóstico diferencial y por descarte, queda ubicado en el plano emocional.
Pasan varias semanas en las que continua hablando, hasta que un día de lluvia y frío trae dos chocolates (venían muy bien en un día como ese). Uno para él, el otro como agradecimiento para mí. “Mi panza es un violín", dice y la sonrisa se le escapa de la cara. "Lloré tres días seguidos y dormí, descansé como hace mucho no podía. Y la panza, una maravilla, comí lo que quise y abracadabra, ni una molestia". Marcelo pudo, finalmente, empezar a digerir lo doloroso.


Todo lo que callamos, absolutamente todo lo que de alguna u otra manera silenciamos, nos enferma. Y cuando la palabra se hace presente ¡magia! O no tanto, pero el cuerpo se aquieta.
No quiere decir, de ninguna manera, que no nos duela lo mismo, pero en el lugar donde debe doler. Y podemos empezar a hacer con nuestra angustia algo productivo. Podemos procesarla, masticarla, hacerla cada vez un poco más liviana y, lentamente, sin más apuro que el tiempo lógico de la elaboración, dar vuelta la página.


El ser humano es uno, somos mente y cuerpo, soma y psiquis, carne y emociones, cuero y sueños. Y lo lindo que vivimos se entrelaza con lo doloroso. De la misma manera por la que vibramos con lo maravilloso del vivir, que nos conmovemos y sentimos cosquillas en el alma cuando nuestros deseos se cumplen, de igual forma reímos hasta llorar, o lloramos hasta, más luego, poder empezar a reír.
Desconocer la relación entre las enfermedades y el dolor psíquico es casi tan insensato como escalar una montaña descalzo y de espaldas. Se ensamblan, se entrelazan. Nos ponemos nerviosos y nos duele la panza antes de dar exámenes. Tenemos palpitaciones antes de que nuestro equipo patee el ultimo penal de la serie. Nos falta el aire antes de decir el primer “te amo”. Nos tiemblan las piernas cuando está por nacer nuestro hijo. Se anudan garganta, pecho y estómago cuando la emoción nos invade.


Si a cada una de estas manifestaciones corporales sigue el correlato del decir y la descarga saludable, el ciclo se cierra. Si podemos ponerle palabras a nuestros nervios y decir simplemente “estoy muerto de miedo”. Si gritamos el gol eufóricos luego del penal, o tristemente nos abrazamos buscando consuelo con el compañero de tablón por la pelota rifada arriba del travesaño. Si lloramos mirando la maravilla de la vida cuando finalmente nuestro pequeño ve la luz fuera del vientre. Y así en cada uno de los ejemplos que podamos pensar e imaginar.
Si ponemos la palabra por delante, si nos permitimos no taponar lo que sentimos, ahí el circuito de la carga-descarga–relajación se cumplirá. Y no enfermaremos y pasaremos por los estadíos por los que tenemos que pasar, y las emociones tendrán salida.


Si a cada estimulo de importancia, si cada suceso relevante en nuestra vida tiene como correlato la salida de la emoción que genera, tenemos grandes chances, enormes posibilidades de enfermarnos menos, mucho menos.
Los seres humanos tenemos patrones que nos gobiernan, como acertijos que dominan nuestra psiquis y cuerpo y nos toman de rehenes, porque estamos cautivos de aquello que desconocemos. Cuadros de angustia (a veces mal llamado ataques de pánico) frente a determinadas situaciones, temblores en los espacios abiertos, sudor frío frente a la presencia de la autoridad, una opresión angustiosa en el pecho ante la mirada crítica de quien queremos que nos avale, y podemos seguir la lista. Todas viñetas en donde el cuerpo se pone como coraza, habla sin saber que dice, y de eso se trata, de darle letra para que entienda. Y entonces, la angustia, los temblores, el sudor, la opresión en el pecho, no tendrán razón de ser.
Podremos desarrollar herramientas y mecanismos para evitar estos “atajos” que son síntoma de lo no procesado.

Que levante la mano la tristeza
Tenemos miedo a la tristeza, tiene mala prensa. Es mejor estar contento, claro está, quien podría negarlo. Tenemos la fantasía que si hablamos de aquello que nos entristece la tristeza será mayor. Terrible error: por el contrario, cuando habilitamos a través de la palabra la salida de la angustia solo abrimos dique para que desagote aquello que se encuentra estancado.
El aparato psíquico (y me habilito una metáfora burda pero clara) es como una cañería, y las emociones el líquido que por él debe fluir: si se atasca, es sarro y taponamos arterias, canales digestivos, respiratorios, calles y avenidas principales de nuestro cuerpo. Como decía el poeta, “nos queda la palabra”.

Las rutas principales de la somatización
Hay tres canales por excelencia en el proceso de las enfermedades psicosomáticas. Ya hablamos de una de ellas con el ejemplo de Marcelo, las que afectan el aparato digestivo.
Un médico amigo me explicaba en una ocasión que el intestino es como cuerdas, se relaja si estamos distendidos, se tensa a menudo si así nos encontramos. Un altísimo porcentaje de los trastornos digestivos son de origen emocional. Una de las patologías más frecuentes en consultorio tiene relación con esta parte compleja y sensible de nuestro cuerpo.
El órgano más extenso del ser humano, la piel, es otra de las vías por excelencia destinada a decir lo que no podemos. Muchas imágenes ilustran esto: "me brota", "me da urticaria", "me pone la piel de gallina" y cada uno de los lectores puede pensar qué de su piel se activa ante diferentes emociones.


Las vías respiratorias es el tercer vértice del triángulo. Los trastornos asmáticos tienen una clarísima relación con aspectos subjetivos no procesados ni resueltos.

El psiquismo, maquinaria perfecta
Tiene 37 años, vivió los últimos diez al lado del “amor de su vida” como solía repetir. Repentinamente, él decide marcharse, sin más razón que el “dejé de amarte”. Devastada, no puede llorar, perpleja, paralizada, furiosa y decepcionada. Repetía incesantemente "no puedo vivir sin vos, no soporto estar así, sin vos la vida no tiene sentido".
Lo decía por audio en su teléfono, lo escribía en un cuaderno, en sus sesiones de terapia, lo decía y no reaccionaba, ni una sola lágrima rodaba por sus mejillas. Y tal fue la fijación a la idea de que sin VOS no podía vivir, que un día amaneció, efectivamente, muda, se había quedado, como la profecía anticipaba, sin VOZ.
En lo más profundo de su cabeza, en los confines de su imaginario, el VOS se hizo carne, se hizo síntoma, se hizo silencio. El llanto no llorado la enmudeció y estuvo más de 20 días sin poder decir palabra, hasta que habló y lloró todas las lágrimas que había guardado en la negación de la partida de su hombre. Lloró y empezó a vivir una vez más.



No quiero olvidarme, en cierta franja de la vida, de las enfermedades cardiovasculares. Si de sufrir por amor se trata, podemos tener el “corazón roto”. Y el corazón a veces se rompe literalmente si sobredimensionamos la pérdida el ser amado.“Nadie muere de amor” dice el refrán y así debiera ser si damos por la ruptura lo que la ruptura vale.
Lo que no nos mata nos fortalece, pero el fortalecimiento a menudo es caro si pasamos por mecanismos de defensa en lo que nos atrincheramos, disociamos, negamos, nos empecinamos en afirmar que no, que no puede ser. Aceptar la brecha entre lo ideal y lo posible nos ayuda a crecer. Y crecemos toda la vida, si es posible, si nos permitimos, lidiar con la difícil idea de que las cosas no son, claro que no, siempre como queremos. Enojarnos, patalear, enfermarnos, nos empequeñece. Si entendemos, relativizamos y miramos hacia adelante, las nubes son cada vez más claras, y la luz cada vez más nítida.

Algunas claves para enfermar menos

Pedir ayuda
Muchas veces pensamos que estamos solos, que a nadie podemos contar nuestro sentir. En la gran mayoría de los casos esto no es así. A menudo por pudor, frecuentemente por un orgullo desmedido, soportamos estoicamente mucho más de lo prudente. Pedir ayuda sabiamente es un antídoto para el enfermar y sobretodo, para el sufrimiento estéril, ese que podemos elegir.
En la vida habremos de sufrir (es parte de ella), pero hay una porción que tiene que ver con este cuerpo parlante que dice lo que callamos, que depende, una vez más, afortunadamente de nosotros.
Es importante elegir en quien confiar: hay amigos e interlocutores válidos para cada uno de los problemas que nos atraviesen, compartir el malestar es menester.

Prevenir, escucharnos, anticipar
Cuanto más temprano podamos detectar aquello que nos lastima, obstruye, que simplemente nos duele, más pronto podremos ponerlo en caja y prevenir que pase del lado del cuerpo.
Claro está que una vez que lo patológico se ha instalado en lo orgánico, será la medicina la que tendrá que intervenir, tratando lo que en muchos casos es la sintomatología de lo no dicho que nos ha enfermado. Mientras tanto, podemos (debemos, diría yo) poner palabras a tiempo para que el malestar circule, transite, y salga quizás dolorosa, pero saludablemente.
El silencio, el callar, nos resta, nos empequeñece. Decir a tiempo, mirar para adentro, nos cuida, nos protege, nos alivia.
Así de sencillo, así de complejo. Los invito entonces a amasar palabras para construir una vida lejos de los dolores innecesarios, y más cerca de las emociones genuinas.

Nota del diario Clarin
*Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni y coautor de Padres a la obra.​



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