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octubre 19, 2011

En el mundo del trabajo los elementos emocionales juegan un papel crucial


LAS EMOCIONES Y EL TRABAJO EN EQUIPO

Se reunió a un grupo de voluntarios, estudiantes de la Facultad, para representar el papel de gerentes que asignaran bonificaciones. Cada voluntario tenía dos objetivos: obtener para su candidato la mayor suma posible y ayudar, como grupo, a dar el mejor uso posible a los fondos para la compañía en su totalidad.  

Lo que ignoraban era que, entre ellos, se había plantado a un actor preparado. Este gerente siempre hablaba primero, presentando los mismos argumentos. Pero lo hacía en una de cuatro claves emocionales: con entusiasmo efervescente, con una calidez relajada y serena, con deprimida torpeza, o con una irritabilidad desagradable y hostil. Su verdadero papel era contagiar al grupo uno u otro de esos estados emocionales, como si diseminara un virus entre desprevenidas víctimas.  

Por cierto, las emociones se contagiaban como un virus. Cuando el actor argumentaba con entusiasmo o calidez, esos sentimientos se extendían por el grupo, provocando en la gente una actitud más positiva según avanzaba la reunión. Cuando estaba irritable, la gente se sentía malhumorada. La depresión, por el contrario, se difundía poco, tal vez porque se manifiesta en una actitud social retraída, con escaso contacto visual, por lo que se amplifica poco.  

Los buenos sentimientos se extienden con más potencia que los malos; los efectos eran muy saludables, pues fomentaban la cooperación, la justicia y un buen desempeño grupal. La mejoría no era sólo una calidez provocada por los buenos sentimientos: las mediciones objetivas demostraban que los grupos eran más efectivos en este caso, más capaces de distribuir el dinero de las bonificaciones de manera justa y beneficiosa para la empresa.

En el mundo del trabajo, cualquiera sea el asunto que tengamos entre manos, los elementos emocionales juegan un papel crucial. La aptitud emocional requiere que seamos capaces de cruzar las corrientes que siempre están en operación, en vez de dejarse hundir por ellas.
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En un clásico estudio de CI (Cociente Intelectual) grupal, realizado en la Universidad de Yale por Wendy Williams y Robert Sternberg, las habilidades interpersonales y la compatibilidad del grupo surgieron como elemento clave de su desempeño (resultado que apareció una y otra vez). Williams y Sternberg descubrieron que los socialmente ineptos, al no saber sintonizarlos sentimientos de los demás, eran un peso muerto para el esfuerzo general, sobre todo si carecían de habilidad para resolver diferencias o comunicarse efectivamente. Para alcanzar un buen desempeño era esencial contar en el grupo con un miembro, cuanto menos, dotado de alto CI; pero con eso no bastaba. Otro riesgo posible era ‘el mandón’: un miembro demasiado dominante como para permitir que los otros contribuyeran plenamente.  

Robert Kelley, de Carnegie-Mellon University, lleva muchos años preguntando lo mismo a trabajadores de una amplia variedad de empresas: ‘¿Qué porcentaje del conocimiento que usted necesita para hacer su trabajo está almacenado en su propia mente?’  

En 1986, la respuesta era, típicamente, alrededor del 75%. Pero hacia 1997 el porcentaje se redujo hasta llegar a un 15 o 20%. Esto, sin duda, refleja el explosivo crecimiento de la información. Se dice que el siglo XX ha generado más conocimiento que toda la historia anterior, y el ritmo de crecimiento continúa acelerándose.  

Las implicancias de esta realidad respecto a las habilidades sociales y la Inteligencia Emocional son enormes.

Por: Abel Cortese

agosto 04, 2009

Contagio emocional


Los psicólogos Elaine Hatfield y John Cacioppo, junto con el historiador Richard Rapson, dieron un paso más. En su obra de 1994 Emotional Contagion afirman que el mimetismo sirve también para contagiar emociones.
Si sonrío y otra persona me ve y me devuelve la sonrisa (aunque sea una minisonrisa que no dure más que unas milésimas de segundo) no será solo que esa persona me ha imitado o ha empatizado conmigo; puede ser también que yo le haya transmitido mi alegría.

La emoción se contagia. En cierto modo, se trata de un descubrimiento más o menos intuido. Todos hemos sentido alguna vez cómo nos animamos solo de estar junto a alguien que se encuentra de muy buen humor. Sin embargo, si se piensa con detenimiento se verá que es una idea bastante elaborada. Por ejemplo, solemos creer que la expresión del rostro refleja el estado de ánimo, O sea, si me siento feliz, sonrío, y si me siento triste, pongo cara de compungido. Creemos que la emoción es algo que va de dentro a fuera. Pues bien, el contagio emocional viene a decir que lo contrario también es cierto, que si yo consigo que la otra persona sonría, quiere decir que puedo hacer que se sienta alegre. Y si logro que el otro ponga cara de pena, conseguiré que se sienta triste. En este sentido, la emoción viaja de fuera a dentro.

Si pensamos en las emociones de esta manera (como una reacción de fuera hacia dentro, en vez de dentro a fuera) podremos comprender cómo ciertas personas ejercen una gran influencia en los demás. En definitiva, si algunos son capaces de expresar muy bien emociones y sentimientos es porque son mucho más contagiosos emocionalmente. Los psicólogos llaman a estas personas «emisores». Los emisores poseen una personalidad especial. También poseen una psicología diferente. Por ejemplo, los científicos que han estudiado los rostros dicen que existen enormes diferencias en la localización de los músculos faciales, en su forma y, curiosamente, en su prevalencia. Cacioppo explica: «Es una característica conocida en el ámbito de la medicina. Unas personas son emisoras, o muy expresivas, y otras son especialmente susceptibles. El contagio emocional no es ninguna enfermedad, pero viene a funcionar como si lo fuera».

Howard Friedman, psicólogo de la Universidad de California, en Riverside, ha desarrollado lo que él denomina el test de comunicación afectiva. Lo usa para medir esta capacidad de emitir emociones y contagiarlas a los demás. Consiste en un cuestionario con trece preguntas, como si uno es capaz de estarse quieto mientras escucha buena música de baile, o cuán fuerte es su carcajada, o si toca a sus amigos mientras charla con ellos, o qué tal se le da enviar miradas seductoras, o si le gusta ser el centro de atención. La puntuación más alta del test es de 117 puntos, siendo la media, según Friedman, de unos 71 puntos.

¿Qué significa obtener una puntuación elevada? Para dar respuesta a esta cuestión, Friedman llevó a cabo un experimento fascinante. Seleccionó a una docena de personas que habían obtenido puntuaciones muy altas en el test (más de 90 puntos) y luego a otra docena que había puntuado muy bajo (menos de 60 puntos), y les pidió a todos que rellenaran un cuestionario en que se medía cómo se sentían «en ese momento».

A continuación metió en habitaciones separadas parejas formadas por una persona que hubiera obtenido una puntuación elevada y una que hubiera obtenido puntuación baja. Les pidió que se sentaran un par de minutos. Podían mirarse pero no hablar. Pasados esos dos minutos, les pidió de nuevo que rellenaran un cuestionario muy detallado sobre cómo se sentían. Friedman descubrió que en sólo dos minutos, y sin haber cruzado palabra, los que habían tenido puntuaciones bajas habían terminado contagiados por el humor de los de máxima puntuación. Si alguien con carisma personal partía de un estado depresivo y la persona poco expresiva comenzaba muy contenta, pasados los dos minutos la persona poco expresiva acababa deprimida también. Nunca era al contrario. Es decir, solo los carismáticos eran capaces de contagiar sus emociones al compañero.